dimecres, 19 d’agost de 2009

VIL·LA AMÈLIA I VIL·LA CECÍLIA





quests jardins em porten records d'infantesa... Ja ho diu "El Paseante" en el text que a tingut a bé fer per aquest post, "...
els meus pares ens portaven a aquest jardí tot sortint de missa dels caputxins de Sarrià..."

Si ho voleu, podeu acompanyar la lectura amb un clàssic del jazz (Crazy Rhythm) interpretat per uns amics, JAZZADLIMITUM.
Si no us entreteniu en els enllaços crec que encaixa bastant bé amb el text.

Els jardins de la Vil·la Amèlia i Vil·la Cecília

Aguardaba el ómnibus 34 de retorno a casa en una zona de Sarrià que me era desconocida, al norte de las torres de la sede de La Caixa en la avenida Diagonal, tan negras como ese cielo absolutamente oscuro a media tarde de ese día.

Todos sufrimos la escasa frecuencia del transporte público en la metrópolis. Así que tuve tiempo de vagabundear con la mirada por los toldos amarillos de esos balcones donde toman el aperitivo los potentados. Hasta que en la esquina aparecieron dos veinteañeras espigadas a bordo de unas interminables piernas morenas coronadas por unos tejanos minúsculos. Mi rostro dibujaba una góndola observando la cadencia de sus caderas, y alguien debería haberme cerrado la mandíbula con un golpecito en el mentón, para no parecer tonto.

El bus no venía y yo no tenía prisa. Así que seguí a ese par de flautistas de Hamelín. Como una rata. Ascendieron por la rampa de lo que parecía un parque. El lugar olía a flores, y había mil perros blancos y mil teckels pijos brincando en busca de pelotas de tenis que les lanzaban mil chicas de piernas largas y pantalones cortos, entre árboles centenarios que querían tocar el cielo Mis flautistas se extraviaron entre esas jovencitas replicadas. Me agaché, pero ya no supe distinguir sus piernas de las otras.

Pasaron un hombre y la que parecía su hija. Sin prisas. Él tenía una edad parecida a la mía, con el cabello rizado y salvaje. Carcajeaba socarrón con esa boca que enmarcaban un bigote y una perilla coqueta, mientras le contaba algo a la niña que la hizo sonreír. Ella era una adolescente presumida. No tendría más de trece años, pero se la veía resuelta como una bella dama filadelfiana. Escuché como él le narraba: "L'ultim record que tinc és de quan els meus pares ens portaven a aquest jardí tot sortint de missa dels caputxins de Sarrià.

Deuria ser jo un marrec, perquè d'adolescent ja no anàvem a missa, jo i els meus germans".

Cambié de flautistas, y les seguí. Como una rata. Supe por la voz sonora del hombre que me encontraba en los jardines de la Vil·la Amèlia i Vil·la Cecília.

Originariamente componían un único espacio, pero ahora una calle los había convertido en dos amantes separados. El guía le señaló a su hija la avenida de palmeras Le hizo fijarse en los cipreses que vigilan el estanque ornamental del centro, decorado con una ninfa de bronce. Le destacó los pinos antiguos e imponentes, pero también los delicados arbustos ornamentales que decoran los caminos Parecía un experto en plantas, y sentí envidia de él porque no soy capaz de distinguir un manzano de una secuoya.

Cerca del quiosco de bebidas, la chica le preguntó por el nombre de un extraño árbol de copa aplastada. Me gustaba especialmente, así que me acerqué más de la cuenta a la pareja para escuchar que se trataba de una Sophora japonica “pendula”. El tipo detectó mi presencia y se giró mosqueado para amenazarme con la mirada. Disimulé buscando nidos de cigüeña en las alturas mientras silbaba el himno del Barça. Con todo, decidí aumentar la distancia a que les seguía un poco más allá del medio metro inicial

Fui tras ellos por un camino agreste de tierra, hasta coronar un montículo con vistas a la parroquia de Sant Ot (con ese campanario estilizado). Era un rincón nostálgico, y las raíces de los pinos parecían huesos de dinosaurio esparcidos por el suelo. "Aquí hi pujàvem camp a través, res d'anar pel camí! Jo deuria tenir 8 o 9 anys com a molt", le contó a la chica que un rato antes le había desvelado sus planes para convertirse en una futura diseñadora de moda.

Al final de la zona de juegos infantiles (donde se levantan unas preciosas casas de dos plantas con fachadas de color pastel), se detuvieron en un lugar de sombra. Parecía un pequeño sotobosque fresco, con hierba y hojas que ya habían caducado, sobre las que se sentaron. Él se quitó las abarcas y ella las sandalias, y los dos notaron el frescor en los pies. Me tumbé a dos metros de sus hombros, buscando nidos de cigüeñas y silbando el himno del Barça para disimular. La niña le contaba sus progresos con la flauta. Cerca había un árbol poderoso, que el flautista con conocimientos botánicos definió como un eucaliptus.

Se estaba a gusto allí, pero los guías no paran quietos. Así que se calzaron de nuevo, y reemprendieron el camino. Fui tras ellos. Como una rata. Salimos de los jardines de Vil.la Amèlia. Cruzamos la calle por el paso de peatones, que había convertido esos dos recintos en dos amantes separados, para entrar en los jardines de la Vil·la Cecília.




Unas pérgolas metálicas simulaban ser colas de ballena. Había una maraña de laberintos formados por setos de cipreses recortados. Un canal en desniveles decoraba el muro de la entrada. Una escultura se ahogaba allí. Leí en el cartel:

En el centro de los jardines se elevaba un edificio elegante -el Centre Cívic de Sarrià-, flanqueado por tilos. En la plaza de enfrente, miles de botánicos con perilla hablaban de plantas ese atardecer con sus miles de hijas adolescentes que soñaban con ser futuras diseñadoras de moda. Mis flautistas se extraviaron entre ellos. Me agaché, pero ya no supe distinguir sus piernas de las otras.

Sin guías, encontré en la calle a un servidor del ayuntamiento que regalaba multas a los automóviles mal aparcados. Le pregunté por la parada del ómnibus 34. Parecía complicado llegar allí. Le propuse que fuera mi nuevo flautista, y yo su rata.

Respondió que no estaba para gaitas El cielo seguía tan oscuro como las torres de La Caixa.

En taronja els enllaços a altres blogs, en blau més informació.

El meu sincer agraiment a El Paseante per la seva col·laboració. També vull agraïr a JAZZADLIMITUM que m'hagin prestat la seva gravació

dilluns, 17 d’agost de 2009

Chorisia speciosa







en protegides estan aquestes precioses flors. . .


. . . per un tronc amb fortes punxes
Procedent del Brasil i Argentina, el "Palo Borracho" com se l'anomena allà, el fan servir els animals per a rascar-se. (què pràctic, no?)
D'aquests petits plaers dels animals en resultava que es quedava el pel o llana enganxats al tronc. Els conqueridors de les Amèriques van pensar en un primer moment (no eren pas botànics!) que la llana la produïen els arbres, pel que el varen anomenar "arbre de la llana".
.A l'hivern perd la fulla i queda el fruit

Segons el temps que faci, al estiu o a la tardor s'obren els fruits i deixen anar un cotó on estan enganxades les llavors.
Trobareu uns bonics exemplars al paral·lel de Barcelona, al costat de les Drassanes.
Però també se'n poden trobar en jardins particulars... (si el pare Noel ha d'entrar pel balcó, ho té una mica espinós!)
Aquest és l'aspecte hivernal d'un exemplar a prop de la facultat de medicina de la UPF i de l'hospital del Mar. (sortida de la ronda litoral cap a les torres bessones)
I aquests són uns exemplars importats. Es troben a un viver del Maresme (si no és que els han venut, la foto és del gener)

Si us afanyeu potser encara veureu florit, l'arbre de la segona fotografia. Està al costat de les Drassanes.


I si us pica l'esquena... ja sabeu on podeu anar a rascar-vos!

Nota d'actualització del post:
El seu nou nom científic és Ceiba insignis fins ara es deia Chorisia speciosa, que és com el coneix la majoria de gent